¿Y si Fernando Simón, Santi Gª Cremades y Martínez Ron estuvieran equivocados?

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31/05/2020


Viñeta de J. L. Martin (@JLJLMartin): enlace

¿Y SI FERNANDO SIMÓN, SANTI Gª CREMADES Y MARTÍNEZ RON ESTUVIERAN EQUIVOCADOS?

Entre las muchas consecuencias de la pandemia de COVID-19 que está padeciendo el mundo entero, una de ellas es que la ciencia se ha colocado en el trending topic de la agenda política y mediática. Con resultados extremos y multitud de grados intermedios: desde una confianza en ella que raya la fe religiosa hasta el desprestigio de que no sirve para nada. Estos últimos la acusan de que un día dice una cosa y otro día otra: que si iba a ser menos grave que la gripe común y luego más grave que la gripe española, que si los niños son vectores y luego que ni contagian ni se contagian, que si el virus se contagia en superficies y luego que no es así, etc.

En España hay muchos y muy buenos científicos y divulgadores de la ciencia que se han destacado estos días. Vamos a tomar aquí como ejemplo a tres de ellos que me parecen de los mejores (sin desmerecer a ninguno de los demás). El epidemiólogo Fernando Simón, que está dirigiendo la acción del gobierno contra dicha pandemia e informando puntualmente de ella. El matemático Santiago García Cremades (@SantiGarciaCC), que ha elaborado modelos matemáticos de la evolución de la epidemia con resultados ajustadísimos a la realidad. Y el periodista Antonio Martínez Ron (@aberron), que está ofreciendo a través de la sección de ciencia de VozPópuli información fiable y muy actualizada de la pandemia. Pero ¿qué pasaría si cada uno de los tres nos dijeran cosas distintas? Peor aún, ¿y si los tres se equivocaran?

Vamos a invitar a los tres a jugar a un juego. Se trata de adivinar cuál es el siguiente número de una serie. Esta empieza con el 1, ¿cuál es el siguiente? Los tres dicen que el 2. Aciertan. ¿Cuál es el siguiente? Los tres coinciden de nuevo: el 3. Y vuelven a acertar. Seguimos una tercera ronda. Ahora los tres se envalentonan. Simón dice 4 y además predice que el próximo será el 5. Aberrón dice que será el 5 y después el 7. Y Cremades apuesta por el 5 y el 8. En la 3ª ronda sale el 5: Simón ha fallado. Y en la 4ª ronda sale el 8: Cremades gana. ¿Qué ha pasado aquí? Resumamos lo que ha ido diciendo cada uno y el resultado:

 Inicio1ª ronda2ª ronda3ª ronda4ª ronda
 12358
Fernando Simón12345
Martínez Ron (Aberrón)12357
Santiago Gª Cremades12358

         Lo que sucede es que cada uno ha estado trabajando con hipótesis y modelos distintos. Simón utiliza la serie de números naturales, Aberrón la de los números primos, y Cremades (matemático él) la sucesión de Fibonacci (cada número es la suma de los dos anteriores). La serie oculta era la de Fibonacci. Cremades ha acertado.

         ¿Qué nos muestra todo lo anterior? Pues el funcionamiento de la ciencia. El método científico consiste, muy simplificadamente, en recoger datos de forma ordenada, hacer hipótesis falsables, construir modelos, deducir predicciones y hacer experimentos para comprobar si la hipótesis resiste a la falsación (después se publica en una revista con revisión por pares y lo suyo es que todo se replique). Veamos algunas consecuencias.

         La primera, de la que es fácil darse cuenta, es que la ciencia es lenta por su propio método, y el método es como es, precisamente, para garantizar el mejor conocimiento posible. Cumplir con todos esos pasos y con las debidas garantías y controles que exige, requiere de mucho tiempo (y dinero, no se nos olvide: urge financiar adecuadamente la investigación científica, también la básica).

         Otro aspecto es que los resultados de la ciencia siempre son provisionales y nunca definitivos. La verdad científica es todo lo contrario de la “verdad” religiosa o dogma. Esta es absoluta, inmutable y eterna, mientras que la científica es todo lo contrario. La verdad científica es asintótica: nos acercamos a ella pero nunca del todo. Las hipótesis, modelos y teorías científicas tienden a esa verdad pero siempre serán provisionales y sujetas a cambios conforme aumente la información disponible, los nuevos descubrimientos y experimentos, las revisiones, etc. Eso explica que a veces parezca que la ciencia unas veces dice una cosa y luego la contraria. Para la mentalidad religiosa o dogmática eso es una aberración, pero para la ciencia es algo normal: la ciencia avanza, se autocorrige, falsa sus propias hipótesis y propone nuevas. En el ejemplo que poníamos: en las primeras rondas, las hipótesis de Simón, Cremades y Aberrón parecían correctas, hasta que en la 3ª ronda se comprobó que la de Simón era errónea (resultó falsada). Pero todavía quedaban dos teorías que cuadraban con los datos disponibles: la de Aberrón (números primos) y la de Cremades (sucesión de Fibonacci). Fue el aumento de la información disponible la que desempató: Cremades tenía razón.

Pero paremos a pensar un poco en esto: en ciertos momentos, cuando no hay suficiente información disponible, teorías científicas distintas pueden ser compatibles con los mismos hechos. Es más, según el principio de indeterminación de Quine, el número de teorías para explicar cualquier fenómeno es infinito (potencialmente). Eso es lo que lleva a los científicos a tener que elaborar criterios para decidir entre ellas: por ejemplo, la navaja de Ockham (si dos teorías son igual de explicativas, hay que escoger la más simple, la que lo hace con menos elementos). Pero a veces ni aun así: recordemos que los físicos no se ponen de acuerdo hoy día para lograr una teoría unificada y que hay varias buenas candidatas para ello. Y esto es algo habitual en ciencia y parte constitutiva suya. Con perspectiva histórica podemos recordar conceptos, hipótesis, modelos o teóricas que en su día se dieron por buenos y luego se han desechado: el éter, el flogisto, el geocentrismo, el fijismo en biología, la “mente” como tabula rasa en psicología, el homo oeconomicus en economía, etc.

         Pero es que podría ser peor. ¡Todas las teorías podrían estar equivocadas! Volvamos al ejemplo y supongamos ahora que la serie a descubrir fuera una en la que cada número es la suma de todos los anteriores, en cuyo caso después del 3 vendría el 6 y luego el 12 (le hubiera seguido el 24).

 Inicio1ª ronda2ª ronda3ª ronda4ª ronda
 123612
Fernando Simón12345
Martínez Ron (Aberrón)12357
Santiago Gª Cremades12358

         Los tres se hubieran equivocado en la 3ª ronda. El problema en ciencia es que esta posibilidad siempre está presente. De ahí que la ciencia nunca pueda dar por definitiva una conclusión, porque nunca se sabe si la realidad no dará un giro inesperado conforme aumente el conocimiento disponible. Los datos, hallazgos y experimentos pueden ir confirmando hipótesis, modelos y teorías, pero un día, de repente, algo lo descuadra todo. Es el conocido como problema del inductivismo: en ciencia, confirmar una teoría es imposible, solo podemos aspirar a falsar las teorías y, mientras tanto, trabajar con ellas como verdades siempre provisionales. Bertrand Russell explicó esto con su conocido ejemplo del pavo inductivista: el pavo observa que todos los días el granjero viene a la misma hora a darle de comer, y llega a la conclusión de que hay una ley en el universo por la que a esa hora el granjero siempre vendrá a darle de comer. Hasta que llega el Día de Acción de Gracias y el granjero viene ¡pero a cortarle el cuello! Nassim Taleb se refiere a estos casos como “cisnes negros”, en alusión a la sorpresa que produjo en los europeos descubrir que en Australia había cisnes negros (hasta entonces, “cisne negro” era un oxímoron y “cisne blanco” una redundancia). Para ser justos, hay que decir que los cisnes negros no son habituales (por definición) y que lo más normal en ciencia no es que se rechace una teoría de golpe a la primera anomalía que se detecta (como Lakatos apuntó a Popper), sino que más bien es la acumulación de anomalías lo que lleva a sustituir una teoría por otra (y raras veces se producen revoluciones científicas, aunque haberlas, haylas: Thomas Kuhn dixit).

         Siempre será más lo que no sabemos que lo que sí sabemos. El gran Sócrates ya definió al sabio no como aquel que sabe mucho, sino quien es consciente de todo lo que no sabe y de la insignificancia de lo que sabe en comparación con lo que ignora. De ahí su “Solo sé que no sé nada”. Su contrario, el necio (el “cuñado”, en lenguaje actual) es quien no es consciente de lo que no sabe y cree que ya sabe suficiente (porque no es capaz de comparar lo que sabe con la inmensidad de lo que le queda por saber).

De ahí la diferencia en el lenguaje científico y el de los cuñados. Mientras aquellos dicen cosas del tipo “Según los datos disponibles”, “En virtud de lo que sabemos por ahora”, “Salvo que nuevos descubrimientos digan lo contrario”…, estos responden con los típicos: “Esto lo arreglaba yo en un momento”, “Está más claro que el agua”, “Esto es así y punto”… Por esto mismo el necio o cuñado no entiende que la ciencia diga una cosa y luego otra. No comprende por qué al principio los niños eran superpeligrosos contagiadores del coronavirus y ahora dejan de serlo. No le cabe en la cabeza que la ciencia avanza, que toda afirmación científica es provisional y sometida a revisión constante.

Y mucho menos le entra en la cabeza que la ciencia a veces no puede (ni debe) dar soluciones únicas ni definitivas a los problemas. La solución a la pandemia de COVID-19 vendrá de la mano de la ciencia, pero no solo de la ciencia sino necesariamente de la política. La urgencia para contener la pandemia y evitar a la vez los desastres económicos no nos permite claridad suficiente para entender cómo funciona la ciencia y nos lleva a pedirle lo que no puede darnos. El cuñado ve al científico como si fuera un sacerdote o un oráculo que tiene la verdad absoluta y soluciones mágicas, y luego se frustra cuando se da cuenta de que no es así. La ciencia es lenta y en situaciones urgentes no funciona de la mejor manera. Las primeras conclusiones científicas al comienzo de la pandemia no pueden ser las mismas que conforme va avanzando esta y el conocimiento que tenemos de ella. Y aun así, la ciencia puede ofrecer modelos distintos para los mismos hechos con predicciones distintas hacia el futuro. Y en ese contexto de urgencia e incertidumbre es difícil tomar decisiones. Y además, tampoco le corresponde a la ciencia hacerlo, sino a la política, o por lo menos a la política basada en ciencia. La ciencia aporta la mejor información disponible en el momento (revisable y que puede cambiar con el tiempo) y es sobre esa información con la que los políticos deben tomar las decisiones. Pero esa información (necesariamente incompleta) rara vez indica una única solución o alternativa. Lo normal es que ofrezcan varios modelos, con distintas predicciones y probabilidades. Y ahí es donde entra la prudencia (phronesis) política a la hora de decidir. La ciencia tiene autoridad, pero no poder: el poder es del pueblo en democracia (como indica su nombre, aunque lo ejerza a través de sus representantes). No obstante, lo dejamos aquí y no nos extendemos más en este punto por haberlo desarrollado en otro texto: “Ruleta rusa y coronavirus: ¿Hay una solución científica a la crisis sanitaria y económica”.

Andrés Carmona Campo. Licenciado en Filosofía y Antropología Social y Cultural. Profesor de Filosofía en un Instituto de Enseñanza Secundaria. Coautor del libro Profesor de Secundaria, y colaborador en la obra colectiva Elogio del Cientificismo junto a Mario Bunge et al

Imagen del mago Manolo Talman y su efecto Ruleta Rusa.

Imagen del mago Manolo Talman y su efecto Ruleta Rusa.

14/05/2020

La pandemia de coronavirus ha hecho que distintos países reaccionen de forma diferente, sobre todo variando la intensidad de los mecanismos para frenar los contagios, proteger a los grupos de riesgo, evitar los colapsos del sistema sanitario y no destruir la economía. Entre los extremos de simplemente no hacer nada y dejar pasar, hasta los confinamientos más largos y duros, hay un abanico de opciones intermedias más o menos cercanas a cada lado. Suecia sería un ejemplo de medidas más suaves y España de las más duras. A esto hay que añadir que unas medidas son más liberales (apelan a la libertad y responsabilidad individual), y otras más autoritarias (colectivas y sancionadoras), unas son más específicas (confinamiento a ciertos grupos) y otras más generales (confinamiento a todo el mundo). Pero ¿hay alguna forma de saber cuál es mejor?

La pregunta es difícil porque depende de qué entendamos por “mejor”. Mejor ¿a corto, medio o largo plazo?, ¿reducir el número de muertes inmediatamente o a la larga?, ¿salud o economía?… Vamos a suponer que aquí “mejor” significa “óptimo” a la hora de equilibrar los riesgos de la pandemia y los de la economía. Ahora queremos saber qué medida es la mejor para lograrlo: no hacer nada, confinamiento voluntario u obligatorio, selectivo o universal, etc. Lo que intentaré explicar es que no hay una respuesta científicamente satisfactoria. Simplemente porque la ciencia es así: es sabia. Y la sabiduría ya la resumió el hombre más sabio de Atenas según el oráculo de Delphos, o sea, Sócrates: “Solo sé que no sé nada”. Para quien sea incapaz de aceptar esto, hay alternativas: la religión, la magia, el espiritismo, la videncia, la astrología, las revelaciones marianas o extraterrestres…, youtube… Y esto vale también para quienes pretenden una solución científica para esta crisis sanitaria y económica: no la hay. La solución será (y debe ser) necesariamente política. Veamos por qué.

 Tenemos una pandemia y queremos acabar con ella, sin perjudicar de paso a la economía. Para eso tomamos unas medidas. Pero, ¿cómo saber que hemos tomado la mejor de todas? En principio, viendo si funciona: si la pandemia remite y finalmente se acaba, y el país no se sume en la ruina por el camino, es que hemos hecho bien. Pero científicamente eso es insuficiente. Podríamos estar cayendo en una falacia post hoc, ergo propter hoc de manual: hago A, ocurre B, por tanto, A es la causa de B. Es el error básico de las supersticiones: tengo una pata de conejo, me toca la lotería, por tanto, la causa de que me toque la lotería es mi pata de conejo. Para evitarlo, no queda más remedio que aislar la variable y comparar. En ciencia, para saber si una variable es la causa de un efecto se construye un experimento en el que se comparan dos situaciones totalmente iguales excepto en la variable estudiada. Si el resultado es igual en ambos casos, la variable es irrelevante, si no lo es, entonces la variable es la causante de esa diferencia (y lo repetimos muchas veces para saber también que no es puro azar). En el ejemplo mencionado, dos personas compran lotería varias veces, una tiene una pata de conejo y la otra no: se trata de ver si a una le tocaría la lotería muchas más veces que a la otra.

En el caso de pandemia, un Estado podría estar tomando medidas y acabar con ella. Pero, ¿cómo saber si la pandemia ha acabado por esas medidas y no por otra cosa? ¿Y cómo saber si otras medidas distintas no habrían acabado con la pandemia igualmente o incluso a un menor coste? La primera pregunta requeriría comparar esa medida con simplemente no hacer nada. En principio, cabe la hipótesis de que la pandemia remitiera por sí sola y que, se hiciera lo que se hiciera, sus efectos fueran iguales (si acaso que ocurrieran más tarde o más temprano). Incluso que no hacer nada tuviera mejores resultados que hacer cualquier cosa. Esta opción no se ha ensayado, ni siquiera en Gran Bretaña. Se estima que el coste humano en víctimas del propio virus y del colapso de las UCI sería excesivo. Pero es una estimación, no es empírico porque no se ha dejado que ocurra. No obstante, la probabilidad de esa hipótesis es tan baja que por eso mismo ni se ha ensayado. Su probabilidad viene a ser la misma que tomar la única medida de rezar a Dios o a la virgen favorita de cada cual y no hacer ninguna otra cosa (una medida así no la ha tomado ni siquiera la única teocracia que queda en Europa: el Vaticano).

Suponiendo que no hacer nada, o meramente rezar, no son opciones, ¿qué medida es mejor que otra? Los medicamentos, por ejemplo, no se comparan con no hacer nada, sino con otros medicamentos o con placebos, asumiendo que hacer algo, o por lo menos simularlo, ya de por sí es mejor que no hacer nada. Pero aquí es importante no perder de vista una condición científica como es caeteris paribus: si todo lo demás no cambia. Por ejemplo, para saber si un medicamento es efectivo, se compara a dos grupos de pacientes con los mismos síntomas. A uno se le administra un placebo y al otro el medicamento estudiado (sin que ellos sepan cuál se les administra ni tampoco los médicos que los analizan: experimento doble ciego). Si ambos mejoran igual, el medicamento no vale, pero si el del medicamento mejora más que el del placebo entonces sí vale (si empeora respecto del placebo lo que tendríamos ¡es un veneno!). Pero para eso es muy importante que todo lo demás no cambie. Por ejemplo, si los pacientes de un grupo hacen deporte y los del otro no, no podríamos saber si la mejoría se debe al medicamento o al deporte.

En un laboratorio es relativamente fácil hacer estos experimentos, donde se puede aislar cada variable y controlar que todo funcione caeteris paribus. Fuera del laboratorio es mucho más difícil, así como extrapolar los resultados obtenidos en un laboratorio a fuera del mismo. Esto sucede sobre todo en las ciencias humanas y sociales. ¿Cómo saber que una psicoterapia, una metodología docente, una medida económica o una política social está siendo efectiva por sí misma y no por otro factor?, ¿o que es mejor que nada?, ¿o que es mejor que otra medida alternativa?

La dificultad es cómo comparar en condiciones caeteris paribus. No tenemos dos Españas exactamente iguales en las que podamos hacer una cosa en una y otra en la otra y ver qué pasa. Eso puede que esté pasando en las innumerables Españas de los innumerables universos paralelos pero, como no podemos viajar de uno a otro, de nada nos sirve. Y, además, necesitaríamos varias Españas iguales, para evitar el puro azar.

Comparar con otros países tampoco vale y ya debería ser evidente por qué: no se cumple la condición caeteris paribus. De hecho no se cumple ni siquiera dentro del propio país entre sus regiones. Las diferencias demográficas, climáticas, alimenticias, culturales, etc., de cada región o país son tantas que una medida efectiva o más efectiva en un sitio podría ser nula o peor en otro lugar. Ese es el error de compararnos con China o Corea del Sur, por ejemplo. Sus medidas contra la pandemia han sido muy distintas, y parece ser que ambas efectivas, pero no se puede saber si las medidas chinas hubieran valido en Corea del Sur o las surcoreanas en China, ni tampoco si unas u otras son las mejores o no en las condiciones españolas. Pasa igual con los resultados de las pruebas PISA: Finlandia y Corea del Sur tienen los mejores resultados con metodologías docentes totalmente opuestas. Y puede que lo que sirve en uno y otro no sirva en los demás países.

Lo mismo vale para la experiencia acumulada de anteriores pandemias (como la gripe española, por ejemplo). La distancia temporal y los grandes cambios habidos desde entonces afectan negativamente a la condición caeteris paribus.

Podría aplicarse aquí la conocida en Psicología como letanía de Paul, que indica: “¿Qué tratamiento, realizado por quién, es el más efectivo para esta persona, con este problema concreto, y bajo qué conjunto de circunstancias?”. Algo así como que cada paciente requiere un tratamiento distinto y particularizado y que no valen las soluciones generales para todos. Del mismo modo, cada país (o región) requeriría una solución específica en función de sus características. Parafraseando: “¿Qué medidas, realizadas por qué gobierno, son las más efectivas para esta sociedad, con este problema concreto, y bajo qué conjunto de circunstancias?”. Pero, ¿cómo saberlo?

Lo anterior no significa que no pueda hacerse nada. De hecho está haciéndose, y mucho. La ciencia lo que hace es recoger muchos datos y construir modelos. Pero son eso, modelos, y ya se sabe que un modelo es como un mapa: andamos sobre el terreno, no sobre el mapa. Los modelos son aproximaciones, pero no son verdades absolutas (como nada lo es en ciencia). El modelo geocéntrico estuvo vigente y fue sumamente práctico durante mucho tiempo, pese a estar equivocado. O el de la física newtoniana hasta Einstein. Con esos modelos podemos estimar qué podría pasar teniendo en cuenta esto y esto (lo que sabemos por ahora y sin olvidar lo mucho más que no sabemos) y suponiendo que todo lo demás es irrelevante (que ya es suponer mucho). Dicho sea de paso, eso explica por qué parece que a veces la ciencia va dando bandazos, y que unas veces dice una cosa y otras veces otras: porque conforme aumenta lo que sabe y va descubriendo, van cambiando las conclusiones siempre provisionales. La ciencia se corrige a sí misma interminablemente, para disgusto de quienes “necesitan” verdades inamovibles. En estas circunstancias esto se agrava porque la sed de información nueva está llevando a que se publiquen y difundan estudios preliminares como si ya fueran concluyentes. De ahí que sea posible encontrar un estudio que “demuestra” casi cualquier conclusión que queramos.

Pero entonces, ¿qué nos ofrece la ciencia? Pues datos, hipótesis, modelos, teorías, experimentos, y sobre todo probabilidades… Ni más, ni menos: no nos ofrece respuestas definitivas, absolutas, ni tampoco ocurrencias ni charlatanería. Y esto que nos ofrece la ciencia es lo mejor que tenemos disponible. No puede ofrecernos más (certezas, dogmas) porque sería imposible; conformarnos con menos (charlatanería, pseudociencia, religión, cuñadismo…) sería irresponsable.

Es importante remarcar que la ciencia ofrece sobre todo probabilidades, no certezas. Y, normalmente, ofrece varias y entre las que hay que elegir. Y esto es importante: la ciencia no ofrece criterios científicos para elegir entre ellas. Esa decisión ya no le compete a la ciencia, ahí es donde entra la política basada en ciencia. Veamos un ejemplo sencillo para entenderlo. La ciencia puede calcular la probabilidad de las diferentes opciones en un juego de azar. Por ejemplo, la ruleta rusa. Imagine el escenario. Una pistola de seis balas cargada con solo una y cuyo cargador se gira una sola vez. Puedes jugar hasta cinco veces seguidas o hasta que te toque la bala, claro. Si no juegas, no ganas nada. Si juegas una vez (y no mueres) tienes un premio, y si sigues jugando (sin morir) el premio se incrementa exponencialmente o más: si llegas a dispararte cinco veces sin morir ganas un premio desorbitante (puedes jugar una sexta vez si quieres, pero entonces el premio seguro es el cielo de tu religión favorita, o el infierno, depende de si tu religión castiga allí a los muy tontos). ¿Qué puede decirnos la ciencia al respecto? La ciencia puede calcular las probabilidades de cada una de las opciones. No jugar no tiene premio, jugar una sola vez tiene 5/6 de probabilidades de ganar (pero 1/6 de probabilidades de morir), jugar dos veces tiene una probabilidad mucho menor pero un premio mucho mayor… y jugar cinco veces tiene una probabilidad ínfima pero un premio increíble. También puede detectar errores de razonamiento, por ejemplo, pensar que si antes que yo ha jugado otro, y ha muerto a la primera, la probabilidad de que yo muera a la primera es menor (falacia del jugador: el azar no “recuerda” los resultados anteriores; si la moneda sale cara una vez, no es más probable que salga cruz la siguiente).

¿Qué opción es la mejor? No hay respuesta científica a esta pregunta. No entra en su ámbito. Como mucho la economía estándar podría darnos modelos basados en decisiones racionales con cálculo de costes y beneficios esperados realizados por un homo oeconomicus que tiene información completa, y la teoría de juegos o la economía conductual podrían hablarnos de estrategias (minimax, maximin…), de la psicología sobre toma de decisiones en situaciones de riesgo e incertidumbre (maximizadores, satisfacedores…), etc. Pero no hay una opción que sea científicamente mejor que las demás. Porque eso depende de criterios no científicos. Depende de en qué grado intermedio me encuentre entre los extremos de si quiero conservar mi vida a toda costa (sin hacerme rico) o si deseo a toda costa hacerme rico (aun a riesgo de mi vida). Si un matemático dijera que la mejor opción es jugar hasta tres veces, esa opinión no sería científica y tendría el mismo valor que la de cualquier otra persona, porque ahora ya no opina como matemático sino como cualquier hijo de vecino. Pero entonces nos salimos del ámbito estrictamente científico y entramos en otros, como los de los valores (axiología) o la ética. Si extendemos el ejemplo a sociedades enteras entramos en la política.

Sucede algo así en los debates sobre la legalización de las drogas, por ejemplo. No se trata solo de una cuestión médica o relativa a la salud, sino también a la libertad, la economía, la ética, etc. Legalizarla o no legalizarla no es una cuestión científica, sino política. La ciencia puede aportar la información disponible sobre las drogas, sus efectos, etc., e incluso modelos de lo que podría pasar suponiendo tales o cuales variables. Pero la decisión definitiva ya no es científica, sino política, y así debe ser.

En el caso que nos ocupa, la pandemia y la crisis económica, la situación es de mayor incertidumbre que el ejemplo de la ruleta rusa. En este, las matemáticas pueden calcular con precisión todas las opciones y sus probabilidades. En el otro caso no. Las diferentes opciones disponibles (confinamiento suave o duro, selectivo o universal…) y sus consecuencias (según los modelos) no pueden calcularse con la misma precisión ni pueden compararse (a la perfección) empíricamente con nada (por lo de caeteris paribus). Y aunque mejorara la precisión de los modelos (que va mejorando conforme aumentan los datos y las investigaciones), aun así sigue habiendo un abanico de opciones con probabilidades entre las que hay que elegir con criterios no científicos sino políticos (valorativos).

La toma de decisiones políticas de este tipo son sumamente difíciles, de las más difíciles de todas: información incompleta, incertidumbre y riesgo, efectos colaterales impredecibles…, alternativas difíciles (salud o economía, resultados a corto y a la largo plazo…). Y todo con estimaciones y probabilidades. Simplifiquemos a efectos didácticos:

 Probabilidad de beneficios/perjuicios sanitariosProbabilidad de beneficios/perjuicios a la economía
Opción A80-2090-10
Opción B70-3020-80
Opción C40-6065-35
Opción D15-8525-75

Supongamos que tenemos solo cuatro opciones disponibles cuya probabilidad de afectar positiva o negativamente a la sanidad y la economía fuera la de esa tabla. Parece claro que la mejor opción es la A: hay un 80% de probabilidad de beneficiar a la sanidad y solo un 10% de perjudicar la economía. La opción D es la peor de todas. Con todo, hay que recordar que son probabilidades: podríamos tomar la opción A y que de hecho se cumpliera el peor escenario. Pero parece un riesgo asumible, sobre todo comparado con las demás opciones. Y sin olvidar que el aumento de la información fiable disponible podría modificar esas probabilidades (¡incluso que las de alguna opción se invirtiesen!).

El problema es que ahora mismo no parece que ninguna opción real sea del tipo A, es decir, medidas que gocen de un amplio consenso científico sobre sus probabilidades de éxito en todos los sentidos (nos acercaremos a ella cuando tengamos la vacuna). Si acaso, las recomendaciones sobre higiene y distanciamiento social. Pero las demás (tipos de confinamiento, etc.) son más bien del tipo B y C (también hay medidas del tipo D, pero esas no las consideramos, por ejemplo: no hacer nada, las “coronafiestas”, las antivacunas o las de tipo conspiranoico que ahora pululan por la red).

Cualquier decisión que tome un gobierno es probable que parecerá desacertada comparada con el juicio al respecto que pueda hacerse a posteriori, con más información y sabiendo el resultado. Así como puede descalificarse en el mismo momento ofreciendo una alternativa igualmente hipotética (sobre todo si no tengo la responsabilidad de ponerla en práctica y asumir sus consecuencias si luego sale mal). De ahí que gobierno y oposición estén condenados a no entenderse (sobre todo si, además, no quieren hacerlo de antemano). Una medida del gobierno del tipo que hemos llamado B en la tabla podría ser criticada por la oposición ofreciendo una alternativa de tipo C (o a la inversa). Volviendo al ejemplo de la ruleta rusa: quien decida no jugar puede ser criticado de cobarde, pero quien juegue una vez y muera puede ser criticado de imprudente. Y puede usarse la misma evidencia científica a favor de cada opción. ¿Es mejor un confinamiento masivo o solo confinar a los grupos de riesgo? Ambos tienen (probables) beneficios y perjuicios así como efectos secundarios y otros impredecibles. Añadamos los problemas que plantean otras opciones que implican dilemas sobre inteligencia artificial (IA) y otras tecnologías y las libertades individuales, etc. Y, en cualquier caso, se haga lo que se haga, siempre quedará la duda de qué habría pasado si se hubiera hecho otra cosa.

En conclusión, la toma de decisiones sobre cómo actuar en esta crisis sanitaria y económica no es puramente científica sino, en última instancia, política. Y así debe ser si esto es una democracia. En democracia, los científicos tienen autoridad pero no poder. En democracia, las decisiones deben tomarse con razones y argumentos que tengan su base en la información científica, pero la base o cimiento no es el edificio. Sobre el mismo cimiento (información científica) pueden construirse varios edificios distintos (las distintas opciones políticas entre las que hay que elegir), igual que hay edificios que no son aptos sobre ese cimiento (las opciones pseudocientíficas o sin base científica alguna). En democracia, el pueblo tiene el poder y lo ejerce a través de sus representantes (por lo menos en teoría), y dichos representantes tienen la obligación de debatir y dialogar entre ellos sobre las diferentes opciones con base científica que tienen disponibles. Y, para disgusto de dogmáticos, no hay una única opción disponible, por lo menos, por ahora, y puede que nunca la haya y no nos quede más que el diálogo. Sea como sea, la ciencia seguirá siendo necesaria (aunque no suficiente).

Para ampliar: Andrés Carmona: “Cientificismo político”, en Bunge, Mario et al. (2017), Elogio del cientificismo, Pamplona: Laetoli.

Andrés Carmona Campo. Licenciado en Filosofía y Antropología Social y Cultural. Profesor de Filosofía en un Instituto de Enseñanza Secundaria.

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Primer café con Sofía. ¿Qué papel juega la filosofía ante la COVID-19?

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Para este primer “Café con Sofía” se contará con la colaboración de la herenciana, Ana Rosa Fernández, graduada en Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, Máster en Estudios Avanzados de Filosofía también por  la misma universidad y, actualmente, profesora de Filosofía en el IES Azuer de Manzanares.

El artículo elegido para abrir este primer espacio de reflexión viene de la mano de la Sociedad de Filosofía de Castilla-La Mancha, cuyo secretario en el filósofo Andrés Carmona, y desde el cual se pide no reducir esta crisis tan solo a lo sanitario y económico pues, por desgracia, es una crisis mucho más amplia que afecta a otros muchos campos.

En el siguiente enlace podéis leer el artículo completo publicado por Europa Press, y en los que se defienden puntos como la importancia de la filosofía para ayudar a distinguir información verdadera de los bulos o las “fake news” :

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

Ana Rosa Fernánde-Montes complementa éste artículo con el siguiente reflexión:

La emergencia de la filosofía

Desde que comenzó este confinamiento, gran parte de la población nos hemos visto obligados a reorganizar nuestras rutinas en nuestros hogares. En ellos estamos aprendiendo a trabajar de otro modo, a canalizar nuestros afectos 24/7 exclusivamente a través de redes sociales y videollamadas, a expresarnos a través de los balcones; descubrimos que la casa también puede ser un espacio para la actividad física y explotamos las posibilidades de ocio que siempre nos ofrecieron el sofá, los libros, las plataformas de series y de películas.

Esta transformación tan significativa de nuestra cotidianeidad nos está ofreciendo, a su vez, una oportunidad: que no esquivemos el retrato antropológico que nuestras nuevas rutinas nos presentan; que escuchemos lo que ellas nos cuentan sobre lo que somos, lo que deseamos, necesitamos y esperamos.
Generalmente, la filosofía suele ser presentada como un hacer propio de especialistas y que procede formulando preguntas a ideas y a hechos. Este estado excepcional invierte esta imagen: son los hechos lo que, desde la intimidad y el aislamiento de nuestra casa, nos formulan preguntas a todos, especialistas y profanos; el encierro nos encara, no sin dosis de nostalgia, con lo que fuimos, tuvimos y vivimos y este juego de posiciones y encuentros sugiere dudas sobre nuestra identidad, sobre nuestra condición humana, sobre el modo de vida que le corresponde… Poniendo el acento en nuestra vulnerabilidad, el valor de los afectos y la importancia de los cuidados.
Posiblemente, cuando todo esto acabe, la filosofía académica tomará lo que ahora vivimos, como si de una pieza acabada se tratase, y reflexionará sobre ello. Mientras tanto y hasta entonces, aprovechemos la oportunidad que este momento nos permite para repensarnos… Y filosofemos nosotros.
Si os apetece podéis dejar aquí vuestros comentarios.

Un café con Sofía. Una propuesta para reflexionar desde casa

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Las asociaciones AKtive Kosmos y Ánthropos, en colaboración con profesionales de la filosofía, os presentamos un nuevo espacio cultural que hemos denominado “Un café con Sofía”, para poder reflexionar desde casa en medio de la pandemia de COVID-19.

Aquí, iremos se compartirán una selección de textos introducidos por Andrés Carmona (profesor de filosofía en el IES Hermógenes Rodríguez de Herencia) y Ana Rosa Fernández-Montes (profesora de filosofía en el IES Azuer de Manzanares), para que todo el mundo, como comunidad, pueda participar leyéndolos, compartiéndolos, reflexionando y dejando sus opiniones.

El objetivo es que todas las personas podamos sacar partido de esta situación, aprendiendo y mejorando juntos a través de la educación y en este caso concreto, de la mano de la filosofía.

Agradecemos a Valeria, nuestra artista italiana y componente de la asociación AKtive Kosmos, por el diseño de este precioso cartel.

¿Preparados para tomar el primer “Café con Sofía”?

¡Hasta pronto!